70´s y 80´s: Cuando la música era un viaje y no un archivo MP3

 

 70´s y 80´s: Cuando la música era un viaje y no un archivo MP3


A veces me sorprendo recordando cómo era ser joven en los años setenta y ochenta, como si mi memoria tuviera su propio tocadiscos interno que, de pronto, decide poner una canción que creí olvidada. Y ahí estoy otra vez: adolescente, con el cabello alborotado por el viento, caminando por calles que ya no existen como las recuerdo, cargando un casete en la bolsa del pantalón como si fuera un tesoro. La música era mi brújula, mi refugio y mi forma de entender el mundo. No era solo sonido: era compañía.

Recuerdo la emoción de llegar a casa, cerrar la puerta de mi cuarto y encender el tocadiscos. Había un ritual en todo eso. Limpiar el vinilo, acomodarlo con cuidado, bajar la aguja y esperar ese crujido inicial que anunciaba que el viaje estaba por comenzar. No había prisa. No había “skip”. Cada canción tenía su oportunidad de decirme algo, incluso aquellas que al principio no me gustaban. Con el tiempo, muchas de ellas se volvieron mis favoritas, como si hubieran estado esperando pacientemente a que yo creciera lo suficiente para entenderlas.

En los setenta, la música era una especie de rebeldía suave pero constante. Yo veía a mis amigos con sus pantalones acampanados, sus camisas estampadas y ese aire de libertad que parecía flotar en todas partes. Íbamos a conciertos que hoy serían impensables: enormes, desordenados, llenos de gente que cantaba como si la vida dependiera de ello. Había algo profundamente humano en esa mezcla de guitarras, voces imperfectas y letras que hablaban de paz, protesta o amor. Éramos jóvenes y sentíamos que el mundo podía cambiar con una canción.

Luego llegaron los ochenta, y con ellos una explosión de color que todavía puedo ver cuando cierro los ojos. Todo era más brillante, más atrevido, más eléctrico. Los sintetizadores se apoderaron de las melodías y las voces se mezclaron con efectos que nos parecían futuristas. Recuerdo la primera vez que vi MTV: fue como abrir una ventana a un universo donde la música también tenía rostro, movimiento, historia visual. Mis amigos y yo nos reuníamos frente al televisor para ver los estrenos de los videos, imitar los pasos de baile y discutir quién tenía el estilo más audaz. Era una época donde la estética era parte del sonido, y donde cada artista parecía inventar un mundo propio.

Hay costumbres de aquellos años que hoy parecen casi irreales. Grabar canciones de la radio, por ejemplo, era una misión que requería paciencia y suerte. Yo me sentaba con el dedo listo sobre el botón de “rec”, esperando que el locutor no hablara encima del inicio de la canción. Cuando lo lograba, sentía que había capturado un pequeño milagro. Intercambiar casetes era otro ritual íntimo: cada mixtape era una declaración emocional, una forma de decir “esto soy yo” sin necesidad de palabras. Y cuando alguien conseguía un disco importado, lo compartíamos como si fuera un objeto sagrado.

A veces me pregunto por qué sigo regresando a esa música. Quizá porque en ella encuentro una versión de mí que todavía me acompaña. Las canciones de los setenta y ochenta tienen una honestidad que echo de menos en estos tiempos. Las voces eran reales, las letras directas, las producciones imperfectas pero llenas de alma. Había una conexión que no dependía de algoritmos ni de reproducciones automáticas. Era una relación más lenta, más profunda, más humana.

Recuerdo también la llegada del Walkman. Al principio, muchos adultos decían que nos aislaría del mundo, y tal vez tenían razón. Pero para mí fue una libertad nueva: podía caminar por la ciudad con mi música en los oídos, como si la vida tuviera su propia banda sonora. Todavía puedo sentir el peso del aparato en mi mano, el clic del botón de “play”, la emoción de escuchar mis canciones favoritas mientras todo a mi alrededor seguía su ritmo cotidiano.

Hoy, cuando escucho esas melodías, no solo recuerdo la música: recuerdo quién era. Recuerdo las calles que caminaba, las risas de mis amigos, los amores que empezaban y terminaban con la misma intensidad de una balada ochentera. Recuerdo la sensación de que cada descubrimiento musical era un tesoro, y que cada concierto era una experiencia irrepetible. Y aunque el mundo ha cambiado, aunque ahora la música llega en segundos y se va igual de rápido, hay algo en esas décadas que sigue llamándome, como una melodía que nunca termina de apagarse.

Quizá por eso escribo esto. Porque la nostalgia no es solo mirar atrás, sino reconocer que algunas cosas nos formaron de maneras que todavía nos acompañan. Y porque, en el fondo, sigo siendo esa joven que se emocionaba al bajar la aguja del tocadiscos, que grababa canciones de la radio y que encontraba en la música una forma de entenderse a sí misma. La música de los setenta y ochenta no es solo parte de mi historia: es parte de mi corazón.



 


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