La Navidad en México de los 70 y 80: un retrato con añoranza.

El ritual familiar
Amables lectores cercana la Noche Buena y la Navidad hoy recordaremos juntos cómo se vivían estas hermosas fechas en los hogares mexicanos de los setenta
y ochenta, la Navidad era un acontecimiento que comenzaba semanas antes. Los
nacimientos se armaban con figuras de barro de Tlaquepaque o de Metepec, y el
musgo se compraba en los tianguis navideños que se instalaban en plazas y
mercados. Muchas familias aún conservaban la tradición de colocar espejos como
“ríos” y papel celofán azul para simular el cielo. El árbol, casi siempre
artificial, se adornaba con esferas metálicas importadas de Estados Unidos o
con adornos de vidrio soplado de Tlalpujahua, Michoacán. Las posadas se
organizaban en vecindades y barrios, con letanías cantadas y piñatas de siete
picos hechas de olla de barro y papel de china, que simbolizaban los pecados
capitales.

La magia de la televisión
La televisión abierta era el gran
escaparate de ilusiones. Los niños esperaban los comerciales entre programas
como En Familia con Chabelo, las tardes de caricaturas de canal 5 con el Tío
Gamboín, El Chavo del Ocho, o los especiales de Odisea Burbujas. En esos
espacios aparecían los anuncios de juguetes: muñecas que lloraban y caminaban,
carritos de control remoto, pistas de carreras de Hot Wheels, juegos de mesa
como Turista Mundial o Adivina Quién. La televisión no solo mostraba productos,
también marcaba el ritmo cultural: los especiales navideños de Televisa, con
artistas populares, se convertían en parte del imaginario colectivo.

Los setenta y ochenta fueron la época
dorada de marcas como Apache o Lili Ledy, que fabricaba muñecas y figuras de acción en
México, incluyendo versiones locales de Star Wars. Los niños pedían en sus
cartas al niño Dios, después al Santa Claus o a los Reyes Magos muñecas como la
Muñeca Parlanchina, el Micro hornito (un horno de juguete), o los carritos de
fricción. Los juegos de mesa eran el centro de las reuniones familiares:
Maratón nació en 1985 y se convirtió en un clásico inmediato. La cartita era un
ritual: se escribía con esmero, se dejaba en el zapato la noche del 5 de enero,
y se acompañaba con un vaso de leche y galletas para los Reyes.

El México de entonces
Las ciudades mexicanas tenían un aire distinto. Las calles se iluminaban con foquitos incandescentes, y los mercados ofrecían colación, tejocotes, caña y mandarinas para las posadas. El aguinaldo, recién entregado, se destinaba a comprar regalos modestos pero significativos. La música navideña sonaba en la radio: La Orquesta de Sergio Pérez con su LP de Navidad, Las Ardillitas de Lalo Guerrero o José Feliciano con Feliz Navidad, los villancicos de la Rondalla de Saltillo, y las versiones tropicales de la Sonora Santanera. En los barrios, la comunidad era protagonista: vecinos organizaban posadas colectivas, compartían ponche y buñuelos, y los niños jugaban en la calle hasta altas horas de la noche.
Hoy evocamos esas navidades como un tiempo más cálido y comunitario. No había pantallas múltiples ni redes sociales, pero sí la ilusión de esperar un juguete que se había visto en la televisión, la emoción de romper la piñata, el olor a pino artificial mezclado con incienso y el abrazo colectivo a la medianoche. Eran navidades que nos enseñaban que la magia estaba en los rituales compartidos, en la imaginación y en la unión familiar.

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