RECORDANDO NAVIDAD EN MI NIÑEZ CON LOS PICAPIEDRA.

Recuerdo aquellas navidades de mi
infancia como si fueran un álbum de imágenes grabadas en la memoria: las luces
parpadeando en las calles, el olor a ponche casero y el eco de los villancicos
que se mezclaban con las risas de mis primos.
Por ello, cuando pienso en mi infancia,
las navidades no solo se llenan de luces y aromas familiares, sino también de
imágenes animadas que se quedaron grabadas en mi memoria. Entre ellas, dos
películas de los Picapiedra fueron parte esencial de mis celebraciones: La
Navidad de los Picapiedra (1977) y Los Picapiedra en Un Cuento de
Navidad (1994).

La Navidad de los Picapiedra (1977)
Era un especial televisivo que me
fascinaba por su mezcla de humor y ternura. Pedro Picapiedra, con su torpeza
entrañable, terminaba convertido en Santa Claus por accidente, y junto a Vilma,
Pebbles y Bam-Bam, vivía una serie de enredos para salvar la Navidad. Lo que
más me marcaba era la idea de que cualquiera podía encarnar el espíritu
navideño: no hacía falta ser perfecto, sino tener la disposición de compartir y
dar alegría.
Los personajes, con su estilo
cavernícola, me enseñaban que la magia de la Navidad podía adaptarse a
cualquier época o circunstancia. Pedro, siempre atolondrado, mostraba que
incluso los errores podían transformarse en gestos de bondad.
De adolescente, la película se volvió
más que un entretenimiento: era un espejo simbólico. Veía cómo Pedro, siempre
atolondrado, se esforzaba por cumplir un papel más grande que él mismo, y
entendía que la Navidad también era eso: intentar ser mejores, aunque no
siempre saliera perfecto. Me conmovía la manera en que Vilma y Pebbles daban
sentido a la celebración, recordándome que la familia era el verdadero centro
de todo.
Los Picapiedra en Un Cuento de Navidad
(1994)
Ya de joven, descubrí esta película para
televisión que resignificaba el clásico de Charles Dickens. Pedro interpretaba
a un gruñón Ebenezer Scrooge en una obra teatral dentro de la trama, pero poco
a poco la ficción se confundía con la realidad y él mismo vivía la
transformación del personaje.
Me impresionaba cómo los Picapiedra
lograban traer a Piedradura la historia universal de la redención y la empatía.
Los fantasmas del pasado, presente y futuro aparecían en clave humorística,
pero el mensaje era claro: la Navidad es un recordatorio de que siempre podemos
cambiar, abrirnos a los demás y valorar lo que tenemos.

El mensaje que dejaron en mí
Ambas películas, vistas en distintas
etapas de mi infancia, me enseñaron que la Navidad no es solo un festejo, sino
una oportunidad de reflexión. Una me mostró la importancia de la alegría
compartida, incluso en medio de los tropiezos; la otra me reveló que la bondad
y la empatía pueden transformar hasta al más testarudo.
Hoy, como adulta, cuando recuerdo esas
noches frente al televisor, siento que los Picapiedra me dieron dos lecciones
complementarias:
La Navidad es celebración y juego, un
espacio para reír y estar juntos. Pero también es conciencia y cambio, un
llamado a ser mejores personas.
Y así, entre piedras, dinosaurios y
villancicos, aprendí que la magia navideña puede aparecer en cualquier formato,
incluso en los trazos animados de una familia cavernícola que, año tras año,
sigue recordándome que la Navidad es, ante todo, un acto de amor y esperanza.
Y cada diciembre, cuando escucho el
tintinear de las campanas o veo a un Santa Claus en la calle, sonrío. En algún
rincón de mi memoria, Pedro Picapiedra sigue gritando su clásico
“¡Yabba-dabba-doo!” mientras reparte regalos improvisados, recordándome que la
Navidad es, ante todo, un acto de imaginación compartida.

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