ENTRE MEDIOS, MEMORIA Y EXILIO: ARIEL DORFMAN.

 

Entre Medios, Memoria y Exilio: Ariel Dorfman.

Hablar de Ariel Dorfman en América Latina es, casi inevitablemente, iniciar una conversación que se mueve entre la literatura, la política, la memoria y, de manera muy clara, la comunicación como campo de disputa simbólica. No es un autor que se deje encasillar con facilidad, y quizá ahí radica una de sus mayores aportaciones: Dorfman nos obligó -y nos sigue obligando- a pensar la comunicación no solo como transmisión de mensajes, sino como territorio de poder, ideología y resistencia.

En una charla entre académicos, alguien seguramente empezaría recordando que Dorfman nace en Argentina en 1942, crece entre distintos países y se forma intelectualmente en Chile, donde su trayectoria se cruza de manera decisiva con el proyecto político y cultural de la Unidad Popular. No es un dato menor: su pensamiento sobre la cultura de masas, los medios y la dependencia cultural latinoamericana se gesta en un contexto donde la comunicación no era un tema neutro, sino un frente de lucha. Para Dorfman, desde muy temprano, los productos culturales -cómics, películas, publicidad, narrativas infantiles- no eran inocentes, y estudiarlos con rigor crítico era una forma de intervención política.

Es imposible no mencionar, casi como punto de partida obligado, Para leer al Pato Donald (1971), escrito junto a Armand Mattelart. En cualquier conversación académica sobre comunicación en América Latina, este libro aparece como una especie de rito de iniciación. Más allá de que hoy podamos discutir sus métodos o contextualizar sus afirmaciones, el texto marcó un antes y un después: mostró que los productos de entretenimiento masivo podían analizarse como dispositivos ideológicos, portadores de una visión del mundo funcional al imperialismo cultural. Dorfman ayudó a legitimar una mirada crítica sobre la cultura popular que rompía con la idea de que lo “ligero” o “infantil” estaba fuera del análisis serio.

Pero reducir a Dorfman a ese libro sería injusto y simplificador. En una conversación más pausada, alguien seguramente señalaría que su gran aporte no fue solo denunciar la dominación cultural, sino articular una ética de la comunicación profundamente ligada a la experiencia latinoamericana del exilio, la censura y la violencia política. Tras el golpe de Estado de 1973 en Chile, el exilio se convierte en una clave central de su obra. Desde ahí, Dorfman amplía su reflexión: ya no se trata únicamente de cómo los medios reproducen ideología, sino de cómo la comunicación participa en la construcción de la memoria, el trauma y la identidad colectiva.

En este punto, su obra dialoga con campos que hoy consideramos fundamentales en los estudios de comunicación: la memoria cultural, los derechos humanos, el testimonio y la narrativa como forma de resistencia. Textos como La muerte y la doncella o Heading South, Looking North no son “libros de comunicación” en el sentido clásico, pero han sido leídos y utilizados por investigadores del área para pensar cómo los relatos -teatrales, literarios, autobiográficos- median nuestra relación con la violencia, la justicia y el silencio. Dorfman entiende la comunicación como relato, pero también como batalla por el sentido.

En un diálogo académico ameno, alguien seguramente subrayaría que Dorfman se adelantó a debates que hoy están plenamente vigentes. Cuando hablamos de colonialidad cultural, de flujos globales de contenidos, de plataformas transnacionales y asimetrías simbólicas, muchas de esas preocupaciones ya estaban, en germen, en su obra temprana. Su crítica a la dependencia cultural no era puramente económica ni tecnológica; era profundamente simbólica. Para él, el problema no era solo quién produce los mensajes, sino qué imaginarios se naturalizan, qué deseos se promueven y qué formas de vida se presentan como universales.


Otro rasgo que suele destacarse es su capacidad de tender puentes entre el pensamiento académico y la intervención pública. Dorfman nunca escribió solo para especialistas. Incluso cuando su lenguaje es denso o cargado de referencias políticas, hay en su estilo una voluntad de conversación, de interpelación directa al lector. Esto resulta particularmente relevante para el campo de la comunicación en América Latina, donde históricamente ha existido una tensión entre teoría crítica y compromiso social. Dorfman encarna una figura intelectual que no renuncia a ninguna de las dos dimensiones.

También es interesante cómo su obra invita a repensar el lugar del intelectual latinoamericano en el espacio mediático global. Desde el exilio en Estados Unidos, Dorfman escribe en inglés y en español, circula en distintos circuitos culturales y reflexiona sobre la traducción, la pérdida y la adaptación. Para los estudios de comunicación, esto abre preguntas clave sobre la circulación transnacional de discursos, la construcción de audiencias diversas y la negociación de identidades en contextos globalizados. Dorfman no observa estos procesos desde la distancia: los vive en carne propia y los convierte en materia reflexiva.

En una charla entre colegas, probablemente alguien diría que leer hoy a Dorfman implica también ejercer una lectura crítica de sus límites. Su enfoque, muy marcado por la lógica de la denuncia ideológica de los años setenta, puede parecer rígido frente a enfoques más recientes que enfatizan la agencia de las audiencias o la ambigüedad de los textos mediáticos. Sin embargo, lejos de invalidarlo, esto lo vuelve más interesante: Dorfman funciona como memoria viva del campo, como recordatorio de que la comunicación fue -y sigue siendo- un espacio atravesado por conflictos históricos concretos.

Quizá su mayor legado para la comunicación en América Latina sea haber instalado una pregunta que sigue vigente: ¿para quién y para qué comunicamos? En tiempos de algoritmos, plataformas digitales y economías de la atención, volver a Dorfman no es un ejercicio nostálgico, sino una forma de recuperar una mirada ética y política que se niega a separar cultura, poder y responsabilidad. Leerlo, discutirlo y debatirlo -como en esta charla imaginada entre académicos- es reconocer que la comunicación no solo describe el mundo: también lo disputa, lo recuerda y, a veces, lo transforma.


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