XEB y XEW: Dos Gigantes de la Radio Mexicana.
La historia de la radio en México no se puede contar sin detenerse en dos emisoras que marcaron un antes y un después en la manera de escuchar, de imaginar y de sentir la cultura: la XEB y la XEW. Una nació en 1923, impulsada por una fábrica de cigarros que jamás imaginó que estaba inaugurando un capítulo fundamental en la vida del país, y la otra vio la luz en 1930, de la mano de un empresario que soñaba con conquistar a todo un continente a través de las ondas hertzianas.
La XEB, conocida como “La B Grande de
México”, inició transmisiones el 1 de septiembre de 1923 bajo las siglas CYB,
ligadas a la Compañía Cigarrera El Buen Tono, propiedad de Ernesto Pugibet, un
empresario visionario que comprendió que la radio no era solo entretenimiento,
sino una herramienta para vincular a la gente con su producto y, al mismo
tiempo, con un nuevo modo de comunicación. Pronto cambió sus siglas a XEB y se
convirtió en una estación pionera: en 1923 transmitió el primer reportaje
taurino en la historia de la radio mexicana, e incluso realizó el primer
control remoto desde la Plaza de Toros, lo que sorprendió a una sociedad
acostumbrada a leer crónicas al día siguiente en el periódico. Con una
programación popular, con radioteatros, música en vivo, deportes y programas
que daban voz a la gente común, la emisora ganó un lugar privilegiado en la
vida cotidiana. Desde sus micrófonos se escucharon voces que iban desde los
cronistas taurinos hasta cantantes populares que interpretaban rancheras y boleros.
Décadas más tarde, en 1983, la XEB pasó a formar parte del Instituto Mexicano
de la Radio (IMER), convirtiéndose en una estación pública con vocación
cultural, resguardando buena parte de la memoria sonora del país. Conocida por
su acervo musical de las décadas de 1940 a 1970, la XEB ha mantenido su
carácter de emisora patrimonial y cultural, y por eso se le sigue llamando con
cariño “La B Grande de México”.
Siete años después de aquella primera transmisión de la XEB, apareció la que sería la emisora más influyente del país: la XEW, inaugurada el 18 de septiembre de 1930 en la Ciudad de México. Su fundador fue Emilio Azcárraga Vidaurreta, un empresario nacido en Tampico en 1895 que, tras dedicarse a los negocios de su familia, descubrió en la radio la posibilidad de un medio masivo para generar cultura, entretenimiento y, sobre todo, negocio. Azcárraga, que más tarde sería el patriarca de la dinastía mediática que dominaría la televisión mexicana, concibió a la XEW con un lema que todavía resuena en la memoria colectiva: “La voz de la América Latina desde México”. Desde su primera transmisión, que incluyó la participación de una orquesta en vivo, discursos solemnes y la presentación de artistas invitados, quedó claro que no se trataba de una emisora más. La XEW pronto multiplicó su potencia, pasó de 5 kW a 50 kW, y con 100 kW alcanzó a escucharse en gran parte de América Latina, convirtiéndose en un puente cultural entre México y el resto del continente.
Por sus micrófonos desfilaron las voces
que definirían una época dorada: Agustín Lara estrenando sus boleros, Toña la
Negra con su voz profunda, Pedro Vargas y Jorge Negrete interpretando canciones
que aún hoy son parte del repertorio nacional. También estuvieron María Félix,
Dolores del Río y Cantinflas, quienes utilizaban la estación como plataforma
para proyectarse hacia el cine. La XEW fue la casa de los radioteatros que
paralizaban barrios enteros, de noticiarios que informaban en tiempo real lo que
sucedía en el país y de concursos y programas de variedades que marcaron la
vida cotidiana de las familias mexicanas. Azcárraga Vidaurreta supo tejer
relaciones con anunciantes, marcas y artistas, y con ello consolidó un modelo
de radio comercial que no solo vendía publicidad, sino que producía cultura
popular en masa. Su olfato empresarial lo llevó más tarde a la televisión,
fundando Telesistema Mexicano en 1955, antecedente de lo que después sería
Televisa, y garantizando que su legado trascendiera las ondas radiales.
La importancia de ambas emisoras en su época es difícil de exagerar. Mientras la XEB representaba el espíritu pionero y popular de la radio como acompañante fiel de la gente común, la XEW simbolizaba el poder de la modernidad y la ambición de convertir a México en líder cultural de América Latina. Una se convirtió en patrimonio cultural, la otra en emporio mediático, pero juntas delinearon la forma en que los mexicanos se reconocieron a sí mismos a través del sonido. Sin la B Grande no habría existido el registro temprano de la cultura urbana de los años veinte y treinta, y sin la W no se entendería la consolidación de la radio como plataforma para catapultar ídolos y moldear el imaginario colectivo.
El legado de ambas sigue vivo. La XEB,
desde el IMER, es hoy un archivo sonoro y una estación que guarda memoria
musical, voces de cronistas, canciones de oro y un estilo de radio que resiste
al tiempo. La XEW, transformada en W Radio, es todavía una de las estaciones de
noticias y opinión más influyentes del país, heredera de una marca que nació
para ser grande y que se reinventó con cada etapa tecnológica. En la nostalgia
de los discos de acetato y en los podcasts actuales, en las grabaciones de
boleros y en los programas informativos, la huella de la XEB y la XEW demuestra
que la radio, más que un medio, fue y sigue siendo un modo de estar juntos, de
imaginar colectivamente y de reconocer a México en sus voces.






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